miércoles, 9 de febrero de 2011

CAPITULO 39

A ________ todavía le temblaba todo el cuerpo media hora más tarde cuando Nick y ella atravesaban cogidos de la mano el casino del hotel y el vestíbulo que llevaba a las puertas principales. Como le había pasado a menudo desde el momento que había empezado a follarse a Nick, la experiencia la había dejado casi aturdida. Aturdida porque se sentía descarada. Y sentirse descarada en aquel lugar era algo muy fácil, allí en la Ciudad el Pecado, allí con Nick.

No podía creer lo que acababa de hacer con él, pero no se arrepentía de nada. Nick y el aura hedonista de aquella ciudad estaban enseñándole a vivir, a vivir realmente, a experimentarlo todo, a embriagarse de todo.

Cuando salieron por una puerta rotatoria de latón hacia el taxi que los esperaba, una cálida brisa nocturna sopló sobre su vestido y le recordó, una vez más, que no llevaba puesto nada de ropa interior, su tanga estaba guardado en el bolsillo de la chaqueta de Nick.

—Solo para que lo sepas —dijo él con una sonrisa traviesa bajo las luces del gran toldo que tenían arriba. —Jenelle no era parte de tu sorpresa. Esa parte ha sido puro hallazgo fortuito.

El calor le coloreó las mejillas cuando suspiró y levantó la cabeza para mirarlo. No se sentía con remordimientos, ni siquiera exactamente avergonzada, pero sentía un poco de timidez y lo admitió:

—Nunca pensé que pudiera... ya sabes... desear estar con una mujer.

Él le lanzó una mirada segura y de complicidad.

—El sexo no es siempre lógico. Solo sientes lo que sientes.

—¿Quién lo hubiera creído? —dijo con un suspiro. —¿Y adivina qué? Al parecer, no me importa compartirte, después de todo.

Nick soltó una carcajada mientras el portero les sujetaba abierta la puerta del taxi para que entraran.

—Al menos, a veces —terminó suavemente, después de meterse dentro. Ya sabía que... bueno, incluso a pesar de lo asombroso de la experiencia, no quisiera hacerlo todo el tiempo. Es más, anhelaba más el tipo de sexo como el que habían compartido en la bañera, lento, sin prisas, y solos.

Después de darle las indicaciones al taxista para que los llevara de vuelta al Venecia, él le susurró:

—Eres asombrosa.

Ella se mordió el labio, y se preguntó cuánto tendría que confesarle.

—De alguna manera tú... haces que desee serlo. Asombrosa. Y entonces... lo soy.

Intercambiaron dulces sonrisas en el oscuro asiento trasero del coche que ahora se incorporaba a Las Vegas Boulevard.

—Realmente lo eres, ya lo sabes —le dijo él. —Nunca hubiera podido soñar que fueras tan...

—Yo tampoco —meditó ella cuando la voz de Nick se desvaneció y le hizo ganarse un beso. Después de lo cual ella le preguntó con un tono juguetón: —Entonces, ¿cómo vas a superar esto? ¿Cómo vas a llevarme ahora a nuevas alturas?

Él miró hacia otro lugar.

—Ya lo verás.

Ahora que parecía ser la única que bromeaba le dijo:

—¿Qué? ¿Qué has planeado para ahora?

Él ladeó la cabeza, le lanzó una mirada llena de picardía y se inclinó cerca de su oído, y ella deseó escuchar las mismas palabras que tenía en la mente, pero en lugar de eso él solo dijo:

—Nena. Es una sorpresa.


Nick le dio el coche de ________ al empleado del hotel, después condujo a su preciosa chica por las puertas principales del Venecia, cogido de su mano. Dios, no podía creérselo. Le había dicho que estaba enamorándose de ella. Y mucho más que eso: lo había dicho en serio.

Aquello se había acabado. Iba a tener más de ________, no solo como una colega, sino como... todo. Una amiga, una amante, y... aquella combinación extraña de las dos mujeres; ni siquiera podía encontrar las palabras para describirlo.

No se había dado cuenta de que deseaba aquello hasta que había escuchado cómo las palabras salían de su propia boca. Joder, hubo muchas palabras inesperadas que supo de su boca aquella noche. Ni siquiera había sabido la razón por la que quería llevarla al desierto hasta que no se encontraron allí. En realidad, había pensado que quizás fuera un lugar bonito y tranquilo para echar un polvo, una buena manera de acabar con su aventura. Pero en el momento en el que detuvo el coche, comprendió que no podía poner fin a todo aquello. Simplemente no podía.

Y no estaba seguro de adonde se dirigía aquello a partir de entonces, pero... no podía acordarse de la última vez que se había sentido tan bien con alguien. Como si hubiera más vida aparte de la música y el sexo. Y la música y el sexo... bueno, joder, ambas cosas eran algo muy bueno, pero... quizás era hora de empezar a hacer algunos cambios en su vida. Dudaba al pensar en «sentar la cabeza», así que decidió que sería más como «entablar una conexión más íntima» y quizás tener a alguien en el que apoyarse, en el que confiar, cuando lo necesitara.

En aquel momento, se sentía totalmente despreocupado. Ni siquiera le importaba si Claire Starr lo demandaba. Si lo hacía, él podría superarlo. Con el amor y el apoyo de ________.

Con ella, tenía todo el paquete. Una gatita con la que podía disfrutar de un sexo chispeante. Una compañera dulce y cariñosa. Y una amiga inteligente. Una colaboradora intuitiva. No le extrañaba que estuviera enamorado de ella.

Y si Claire demandaba, o si persistían los periódicos sensacionalistas, o si abundaban más rumores, simplemente sabía que ________ y él lo superarían, juntos, y todo saldría bien al final porque todavía la tendría. Siempre había pensado que su trabajo era lo único que realmente importaba, algo con lo que no podía dejar de vivir. Pero acababa de hacer espacio para algo más —alguien más— en su vida y, dejando a un lado a Claire Starr y a sus sucias acusaciones, el mundo le parecía completamente perfecto en aquel momento.

—¿Eres feliz? —le preguntó mientras caminaban por el pasillo que llevaba a la habitación, todavía cogidos de la mano.

Ella le sonrió y se mordió el labio.

—Mucho. Feliz y... llena de polvo —dijo entre risas. Ambos estaban cubiertos por una fina capa de arena del desierto.

—Ese es el precio de echar un polvo sobre la tierra —le dijo con una sonrisa, acordándose de cómo se había movido encima de ella, en la terrible postura del misionero (lo que, de repente, le parecía más íntimo que horrible) y cuánto había dado la bienvenida aquella vez a esa intimidad. —A ver qué te parece esto —le preguntó. —Prepararé un buen baño espumoso en el jacuzzi y nos aseguraremos de que, después de todo, tengas un orgasmo.

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